martes, 27 de mayo de 2014

Francisco propone “un nuevo modo” de ejercer el primado de Pedro en “comunión reconocido por todos”.


Católicos y ortodoxos firman una histórica declaración por la unidad en el Santo Sepulcro

"Tenemos ya el deber de dar testimonio común del amor de Dios colaborando en nuestro servicio a la humanidad"

José Manuel Vidal, 25 de mayo de 2014.-

Mediante nuestro testimonio común de la Buena Nueva del Evangelio, podemos ayudar a los hombres de nuestro tiempo a redescubrir el camino que lleva a la verdad, a la justicia y a la paz.

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El rabino Skorka en el Santo Sepulcro

(José M. Vidal/ J. Bastante).- Gesto histórico sin precedentes. Francisco y Bartolomeorezan juntos en el Santo Sepulcro ante la tumba vacía por vez primera en la historia desde la división de las dos grandes ramas del cristianismo, firman una declarción conjunta y escuchan de la boca de Bergoglio la propuesta para ejercer de una manera nueva el primado de Pedro en aras de la unidad de todos los cristianos.

Pedro y Andrés se vuelven a abrazar, recordando el abrazo de hace 50 años entre Pablo VI y Atenágoras. ¿La unidad de los cristianos puede ser una realidad a corto plazo?

El Santo Sepulcro, dividido en múltiples estancias de las diversas confesiones se une por una vez. Coptos, armenios, etíopes, griegos, ortodoxos y católicos rezan unidos. Presididos por sus dos máximos líderes: Francisco y Bartolomeo. Ante el sepulcro, en torno al cual comenzaron guerras y divisiones, y desde el cual recomienza siempre la búsqueda de la unidad.

Suenan las campanas, esperando al Papa y al Patriarca, que llegan con una hora de retraso. Acaban de firmar una declaración conjunta por la unidad.

Bajan juntos las escaleras, agarrados de la mano: ninguno de los dos es joven, y sin embargo, asumen con ilusión la tarea de la reconciliación entre los seguidores de Jesús. En el lugar donde fue crucificado el Salvador.

Se nota que el Papa está visiblemente emocionado: es la primera vez que visita el Santo Sepulcro. Ambos oran en silencio, entre cánticos griegos, junto a la piedra en la que, según la tradición, fue alojado el cuerpo de Jesús. Más de un milenio después, no es una quimera ver a cristianos orar, celebrar, compartir en comunión los misterios de la fe.

Francisco observa con atención todos y cada uno de los rincones del Santo Sepulcro. Una estancia preciosa, que refleja como ninguna otra las distintas formas de vivir el Cristianismo. Y, también, la división que, a diario, impide que se celebren a la vez, en el mismo lugar, distintas liturgias ortodoxas, armenias, coptas o católicas.


El encuentro ecuménico arranca con un recuerdo emocionado a los 50 años del encuentro entre Atenágoras y Pablo VI, y una petición para que los seguidores del Señor trabajen juntos por la paz. "Bienvenidos Papa Francisco y Patriarca Bartolomeo, en la Gloria de Jesús resucitado", arranca el acto, que clama por la reconciliación entre los cristianos.

En los últimos 50 años hemos visto los frutos del diálogo teológico entre las confesiones cristianas, reconocen, pese a las diferencias. "Rezamos no sólo por la unión de nuestras confesiones, sino por la paz en el mundo, y particularmente por la paz en esta región", continúa el discurso de bienvenida del custodio del Santo Sepulcro, haciendo especial hincapié en Siria.

"No seamos hombres de muerte, seamos hombres y mujeres de Resurrección, de vida", afirma el Papa, quien reclamó un "apremiante llamado a la unidad. Todos sois mis hermanos".

"No podemos negar las divisiones que existen entre los discípulos de Jesús"

"A los 50 años del abrazo entre Pablo VI y Atenágoras, reconozcamos el paso tan importante para la unidad"

"Las diferencias no nos deben asustar ni paralizar nuestro camino"

"Como se removió la piedra del sepulcro, podrán moverse todas las piedras que iimpiden el camino de la comunión"

"Pidámonos perdón los unos a los otros por los pecados cometidos en los conflictos entre cristianos, y que tengamos el coraje de pedir y ofrecer nuestro perdón. Si no, no tendremos experiencias de nuestra Resurrección"

"Tengamos el coraje de entender la Iglesia como un diálogo con todos los hermanos en Cristo, para encontrar una forma de ejercicio del ministerio propio del Obispo de Roma que, en conformidad con su misión, se abra a una situación nueva, y pueda hacer, en el contexto actual, un servicio de amor y comunión reconocido por todos"

"Nuestro recuerdo vaya para el Medio Oriente. En nuestra oración, tantos hombres y mujeres que en diversas partes del planeta sufren por la guerra, la pobreza o el hambre.Así como por la persecución de millones de cristianos por distintas causas. Cuando cristianos sufren juntos, se prestan unos a otros ayuda, se realiza un ecumenismo del sufrmiento, el ecumenismo de la sangre, que posee una particular eficacia, no sólo por el contexto, sino por la comunión de los santos, para toda la Iglesia".

"Cuando nos persigan por odio a la fe, no nos preguntamos si son ortodoxos o católicos: son cristianos. Es sangre cristiana"

"Hermanos queridísimos: abramos nuestro corazón a la acción del Espíritu Santo, al espíritu del amor, para caminar juntos para que llegue el día de la comunión plena. Y que nos sintamos unidos en la oración que Jesús elevó en la víspera de su pasión. Que sean una sola cosa, para que el mundo crea. Y cuando la desunión nos haga pesimistas, caminemos todos bajo el manto de la santa madre de Dios"

El acto, como no podía ser de otra manera, concluyó con el rezo conjunto del Padre Nuestro.



Palabras del Papa en la celebración ecuménica


En esta Basílica, a la que todo cristiano mira con profunda veneración, llega a su culmen la peregrinación que estoy realizando junto con mi amado hermano en Cristo, Su Santidad Bartolomé. Peregrinamos siguiendo las huellas de nuestros predecesores, el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras, que, con audacia y docilidad al Espíritu Santo, hicieron posible, ha-ce cincuenta años, en la Ciudad santa de Jerusalén, el encuen-tro histórico entre el Obispo de Roma y el Patriarca de Cons-tantinopla. Saludo cordialmente a todos los presentes. De modo particular, agradezco vivamente a Su Beatitud Teófilo, que ha tenido a bien dirigirnos unas amables palabras de bienvenida, así como a Su Beatitud Nourhan Manoogian y al Reverendo Padre Pierbattista Pizzaballa, que hayan hecho posible este momento.
Es una gracia extraordinaria estar aquí reunidos en oración. El Sepulcro vacío, ese sepulcro nuevo situado en un jardín, donde José de Arimatea colocó devotamente el cuerpo de Jesús, es el lugar de donde salió el anuncio de la resurrección: "No tengan miedo, ya sé que buscan a Jesús el crucificado. No está aquí: ha resucitado, como había dicho. Vengan a ver el sitio donde yacía y vayan aprisa a decir a sus discípulos: ‘Ha re-sucitado de entre los muertos'" (Mt 28,5-7). Este anuncio, confirmado por el testimonio de aquellos a quienes se apareció el Señor Resucitado, es el corazón del mensaje cristiano, trasmitido fielmente de generación en generación, como afirma desde el principio el apóstol Pablo: "Lo primero que les transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras" (1 Co 15,3-4). Lo que nos une es el fundamento de la fe, gracias a la cual profesamos juntos que Jesucristo, unigénito Hijo del Padre y nuestro único Señor, "padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos" (Símbolo de los Apóstoles). Cada uno de nosotros, todo bautizado en Cristo, ha resucitado espiritualmente en este sepulcro, porque todos en el Bautismo hemos sido realmente incorporados al Primogénito de toda la creación, sepultados con Él, para resucitar con Él y poder caminar en una vida nueva (cf. Rm 6,4).
Acojamos la gracia especial de este momento. Detengámonos con devoto recogimiento ante el sepulcro vacío, para redescubrir la grandeza de nuestra vocación cristiana: somos hombres y mujeres de resurrección, no de muerte. Aprendamos, en este lugar, a vivir nuestra vida, los afanes de la Iglesia y del mundo entero a la luz de la mañana de Pascua. El Buen Pastor, cargando sobre sus hombros todas las heridas, sufrimientos, dolores, se ofreció a sí mismo y con su sacrificio nos ha abierto las puertas a la vida eterna. A través de sus llagas abiertas se derrama en el mundo el torrente de su misericordia. ¡No nos dejemos robar el fundamento de nuestra esperanza! ¡No privemos al mundo del gozoso anuncio de la Resurrección! Y no hagamos oídos sordos al fuerte llamamiento a la unidad que resuena precisamente en este lugar, en las palabras de Aquel que, resucitado, nos llama a todos nosotros "mis hermanos" (cf. Mt 28,10; Jn 20,17).
Ciertamente, no podemos negar las divisiones que todavía hay entre nosotros, discípulos de Jesús: este lugar sagrado nos hace sentir con mayor dolor el drama. Y, sin embargo, cincuenta años después del abrazo de aquellos dos venerables Padres, hemos de reconocer con gratitud y renovado estupor que ha sido posible, por impulso del Espíritu Santo, dar pasos realmente importantes hacia la unidad. Somos conscientes de que todavía queda camino por delante para alcanzar aquella plenitud de comunión que pueda expresarse también compartiendo la misma Mesa eucarística, como ardientemente deseamos; pero las divergencias no deben intimidarnos ni paralizar nuestro camino. Debemos pensar que, igual que fue movida la piedra del sepulcro, así pueden ser removidos todos los obstáculos que impiden aún la plena comunión entre nosotros. Será una gracia de resurrección, que ya hoy podemos pregustar. Siempre que nos pedimos perdón los unos a los otros por los pecados cometidos en relación con otros cristianos y tenemos el valor de conceder y de recibir este perdón, experimentamos la resurrección. Siempre que, superados los antiguos prejuicios, nos atrevemos a promover nuevas relaciones fraternas, confesamos que Cristo ha resucitado verdaderamente. Siempre que pensamos el futuro de la Iglesia a partir de su vocación a la unidad, brilla la luz de la mañana de Pascua. A este respecto, deseo renovar la voluntad ya expresada por mis Predecesores, de mantener un diálogo con todos los hermanos en Cristo para encontrar una forma de ejercicio del ministerio propio del Obispo de Roma que, en conformidad con su misión, se abra a una situación nueva y pueda ser, en el contexto actual, un servicio de amor y de comunión reconocido por todos (cf. Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 95-96).
Peregrinando en estos santos Lugares, recordamos en nuestra oración a toda la región de Oriente Medio, desgraciadamente lacerada con frecuencia por la violencia y los conflictos armados. Y no nos olvidamos en nuestras intenciones de tantos hombres y mujeres que, en diversas partes del mundo, sufren a causa de la guerra, de la pobreza, del hambre; así como de los numerosos cristianos perseguidos por su fe en el Señor Resucitado. Cuando cristianos de diversas confesiones sufren juntos, unos al lado de los otros, y se prestan los unos a los otros ayuda con caridad fraterna, se realiza el ecumenismo del sufrimiento, se realiza el ecumenismo de sangre, que posee una particular eficacia no sólo en los lugares donde esto se produce, sino, en virtud de la comunión de los santos, también para toda la Iglesia.
Santidad, querido Hermano, queridos hermanos todos, dejemos a un lado los recelos que hemos heredado del pasado y abramos nuestro corazón a la acción del Espíritu Santo, el Espíritu del Amor (cf. Rm 5,5) y de la Verdad (cf. Jn 16,13), para marchar juntos hacia el día bendito en que reencontremos nuestra plena comunión. En este camino nos sentimos sostenidos por la oración que el mismo Jesús, en esta Ciudad, la vigilia de su pasión, elevó al Padre por sus discípulos, y que no nos cansamos, con humildad, de hacer nuestra: "Que sean una sola cosa... para que el mundo crea" (Jn 17,21).

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